Parece mentira que todo siga siendo parecido, sé perfectamente lo que hay que hacer y sin embargo sigo cometiendo los mismos errores. No somos superwomen, y por más que me lo repita, todavía hay veces que me lo sigo creyendo. Mi propósito este año es simplificar y esta vez sí voy a hacer que se cumpla.

Fue hace dos años cuando hablaba de las mujeres equilibristas y aunque la cosa ha cambiado bastante, sigo tropezando con las mismas piedras. Podría haber escrito ese post cualquiera de estos días pasados y me habría creído que era algo nuevo… qué forma de engañarme…

En este otro post me presenté, y como bien viste, soy una mujer normal, igual que tú. Necesito aprender y guiarme. Y normalmente lo hago gracias a los errores, como casi todas. Todos los años pienso que este va a ser en el que de verdad yo cambie, que ya he cometido el número suficiente de errores como para haber aprendido la lección. Pero ¿ya tengo clara cuál es la lección? ¿Qué es lo que tengo que aprender?

Y la respuesta es complicadamente sencilla. Todo se resume a que NO QUIERO NADA (MÁS). Simplificar, reducir, hacer más sencillo, minimizar. Digo que es complicado porque estamos demasiado metidos en la rueda de la vida. Una sociedad consumista, con pocos valores, con pocos espacios y con un ritmo demasiado frenético. Compramos, hacemos y hablamos con el único fin de no pensar. Con el único fin de no escucharnos. Con el riesgo continuo de seguir tapando y llegar a explotar. La secuencia es siempre la misma: cargas, cargas, cargas… explotas. Y vuelta a empezar. Y así una y otra vez, sin pararnos a ver qué es lo que de verdad está pasando. Estamos huyendo de nosotros mismos.

Y lo que de verdad pasa es que faltan silencios. Faltan espacios. Faltan reflexiones. Faltan momentos. Podemos ir por la vía rápida y abandonarlo todo e irnos a la India en busca de las enseñanzas del Dalai Lama o simplificar, de forma real y consciente nuestro día a día. Y esta última es la que me he tomado muy enserio este año. Me gusta mi vida y los que la completan, no necesito alejarme de ellos para cambiar, por eso hoy quiero contarte qué es lo que he hecho para iniciar el cambio real. (Gracias Montse Pujada por ese vídeo de IGTV que me ayudó a definir mejor cómo hacerlo)

Mi ritual de año nuevo

Familia, cena, uvas y champagne. Brindis, besos y abrazos. Y llegó el momento más adorado por mis hijos: petardos, bombetas y fuegos artificiales. Ahí fue cuando yo escapé. Cogí el camino del río, ese que suelo pasear habitualmente de día, y sintiendo el aire frío sobre mi cara, paseé sola durante un rato. Presente. Concentrada en mi sentidos. Y transmitiéndome de forma continua mi intención: SIMPLIFICAR. Volví a casa, ya todos estaban de vuelta. Más risas, algo de música y un rato de charla. De nuevo el silencio. Todos se habían ido a dormir. Apagué las luces, encendí una vela y sentada sobre mi cojín de meditación cerré los ojos y repetí mi deseo: «simplificar para vivir» «reducir para sentir» «quiero una vida sencilla para disfrutar de los placeres reales»… los viví, los imaginé, los sentí.

Y desde ese día, mis esfuerzos de cambio han ido todos dirigidos hacia esas intenciones. Me lo recuerdo cada mañana, antes de dormir y cuando necesito consuelo a lo largo del día. He empezado a vaciar mi casa. Cajones, estanterías, garaje y armarios. Poco a poco, también tengo que simplificar mis actos y no cargar mi agenda. Mantener lo funcional, lo bello y lo necesario. Y tirar recuerdos, compromisos y por si acasos. Mantener todo aquello que me ayude con la calma, me aporte belleza y me lleve al equilibrio. 

Mejorar mi vida personalizando los detalles que acompañan mis días sólo depende de mí.

Y eso es lo que hago. Ahora ya sí lo estoy haciendo y a sentir los efectos de este inicio del cambio. Esos efectos que me están dando fuerza para seguir y no parar hasta lograrlo. Si quieres, puedes acompañarme…

Photo by Danil Aksenov on Unsplash

 

 

 

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